En una cálida mañana otoñal disfrutando de un té con galletitas Myriam me pregunta: "¿Sobre qué vas a hacer la nota este mes?"

No esperaba esa pregunta y así, como de golpe, lo primero que se me ocurrió contestar fue:… "no sé".

Efectivamente, nada había pensado. En mi incertidumbre me dice: "¿Y por qué no cuentas algo referido a ti mismo? A tu vida como médico de barrio, experiencias, anécdotas".

"No sé, no se me ocurrió, además si apunto hacia allí, no te van a alcanzar varias ediciones de LA PRENSA DE LA ZONA OESTE"

"No, no, no es que cuentes toda tu vida, sino cómo era ejercer medicina hace cuarenta o cincuenta años atrás. Solamente esa etapa, fíjate que puede ser un buen Rescate de la Memoria".

Creí entender lo que ella me planteaba y, fruto de esa charla, nació la siguiente nota.

A veces, para referirnos a un médico, decimos: "El Galeno".

La palabra galeno significa paz, tranquilidad, viento suave, apacible. Fue Nicón, un senador griego, que en el año 131 de nuestra era, puso ese nombre a su recién nacido hijo, el cual, educado de la mejor manera, aprendió muchos idiomas, dedicándose a la anatomía y a la medicina desde muy joven, siguiendo la doctrina hipocrática. Famoso en Roma y en Alejandría, sus innumerables obras le generaron tal prestigio que quedó como referente histórico de la medicina, siendo ese el motivo por el cual muy frecuentemente decimos "El Galeno", refiriéndonos a un médico.

No sé por dónde empezar, tal vez lo primero, y para que quede claro, sea mi agradecimiento a la vida, que me regaló una profesión con la cual me identifiqué de una manera, que ni en el más fantástico de los sueños hubiera presentido. Agradecimiento a mi país, a la Universidad, a mi Facultad (mi, con un tono posesivo). A mis profesores, que se tomaban su tiempo para enseñar. Aún hoy los estoy viendo y escuchando: "Venga Guerrini, toque aquí, mire acá, ausculte, ¿Qué escucha?,… eso es tal cosa". Privilegios de alumnos de una Universidad en ese momento reconocida en toda Latinoamérica. Me dieron, mis profesores, las herramientas para que pudiera ejercer una profesión que traté de llevar con la altura, la dignidad y la ética necesarias, y que además me permitió formar una familia y prever mi futuro. Agradecimiento a mi entorno pueblerino, que desde antes de recibirme ya me tomó como, el "Médico del barrio" consultándome y escuchando mi opinión como si fuera lo suficientemente calificada.

Imposible no mencionar a Roberto Rodríguez ("El Cacho", de la farmacia), que instaló su comercio en Luis Batlle Berres y Tomkinson como sucursal de la "Farmacia del Cerro". Me conocía como vecino y nada más, pero en 1967 me llama y me pregunta, si ya que era practicante de medicina, no me interesaba aplicar inyectables, colocar sueros, sondas, hacer curaciones, etc. Inmediatamente dije que sí, y a partir de allí por muchos años fui "el practicante de la farmacia". "Cacho" me pasaba direcciones a las cuales tenía que concurrir una, dos o tres veces por día, según la indicación, y a su vez temprano antes de ir al hospital, en la misma farmacia en un cuartito posterior también "atendía " diferentes requerimientos. Este vínculo laboral me hizo conocido en la zona de forma tal que se generó un volumen continuo de trabajo, que a veces no era fácil cumplir.

Tendría que mencionar en interminable lista y anecdotario, a todas las personas que me ayudaron, y a todos los que en mí confiaron en aquellos momentos. No olvido y no quiero ser injusto, pero eso quedará para otra vez, pues de lo contrario esta nota se transformará en una autobiografía y no es esa la meta.

Nuestro Rescate de la Memoria lo que pretende es traer a ustedes una imagen de cómo era la medicina aquí, en el oeste hace medio siglo, y este es el intento.

Para entender aquel escenario debemos recordar que no existían las emergencias móviles, que no había tantos vehículos como ahora, que las ansiedades y las paciencias se medían con "otra vara", y que la aceptación de la palabra del médico jamás implicaba dudas o planteos jurídicos.

Historia de Galeno

En ese teatro aparece un nuevo actor que tiene la peculiaridad de ser nativo, hijo de bodegueros y granjeros por lo tanto vinculado a la colonia productora de la zona, predominantemente italiana y portuguesa, y además también, conocido por el mencionado vínculo con la farmacia. Fue el primer médico que aprendió a leer y escribir en la escuela 150 y que se quedó a ejercer en el lugar en que dio sus primeros pasos.

Sin haberse recibido era solicitada su opinión para todo tipo de cosas, y a su vez ya con título seguía haciendo el trabajo de practicante, o sea seguía aplicando inyectables, colocando sueros, etc. El cambio fue gradual y llevó su tiempo. Todavía hoy muchos pacientes recuerdan ver llegar aquel practicante en un enorme camión cargado con tanques o damajuanas que transportaban vino, aplicar el inyectable e irse con total naturalidad. Y así era, pues en aquella época con un pie en la granja, otro en la bodega y otro en la medicina se daban situaciones como esa, así como también, el mismo camión parado en el estacionamiento posterior del Hospital de Clínicas. No había vehículo propio, y se agarraba lo que estaba libre en ese momento, o ya que iba al hospital, se le llevaba mercadería a tal o cual cliente.

Por supuesto que la bicicleta fue una herramienta de mucho valor, y ni que hablar cuando apareció la "Velo-Solex", gracias a la cual una señora que vivía en la calle Fca. Aznar de Artigas me regaló un hermoso par de guantes. Sucedió que un día de mucho frío concurrí temprano en la mañana a aplicarle un inyectable, y cuando le toco su glúteo calentito de la cama, con aquellas manos rojas de frío reaccionó con un grito que para mí fue desproporcionado. Le pedí disculpas y me calenté las manos en un "Primus" con ladrillo que tenía encendido a un lado de la cama. La anécdota fue que a los pocos días me llama y me obsequia un hermoso par de guantes que usé por mucho tiempo andando en moto.

En cuanto a las agujas y jeringas ni se les ocurra pensar que eran descartables. Jeringas de vidrio y agujas con cuerpo de bronce eran llevadas en cajas de aluminio. Para inyectar elegíamos las agujas (largas, cortas, gruesas, finas) según fuera el paciente (flaco, gordo, alto, bajo). Para esterilizarlas, previo lavado con agua y jabón, se las hervía en una cacerola usando agua dulce para que el salitre residual no bloqueara las jeringas. Usábamos el mismo material cientos de veces. Las agujas eran caras y de tanto usarlas perdían el filo, por lo que costaba perforar la piel. Para subsanar ese inconveniente, se usaba una pequeña piedra esmeril en la cual con una gota de agua eran afiladas (Era un trozo de las que en una guampa con agua, llevaban en la cintura los segadores de alfalfa para afilar la guadaña). Cuando se acababa el material estéril y había que hervir, le pedíamos una cacerola al paciente, y allí mismo hervíamos jeringas y agujas. ¿Suena raro, no? Lo mismo con las sondas vesicales, como había que cambiarlas periódicamente y eran caras, se retiraba la que estaba puesta, se lavaba y luego de probar el balón y la válvula, si funcionaban, se hervía en una olla de la cocina para terminar nuevamente colocada.

Todo ésto hoy es inadmisible. Todo ésto ayer era normal. Hoy si hacemos alguna de estas cosas vamos todos presos, pero era así, y saben una cosa: ¡No había infecciones, no teníamos abscesos! ¿Milagro? Ahhh…, me olvidaba: guantes estériles: ¿Qué es eso? Lo que sí se hacía era lavarse muy bien las manos. Como ayudante de sala de operaciones, nos enseñaron a lavarnos las manos con todas las técnicas de cepillado de dedos y uñas previo a la cirugía.

No existía el SIDA, pero sí la hepatitis, y surgieron algunas corrientes de opinión en el sentido que no era suficiente hervir veinte minutos para esterilizar los materiales. Frente a esa situación en acuerdo con "Cacho" compramos un esterilizador eléctrico en el cual con una hora a 250 grados se suponía que eliminaba todos los gérmenes. Parece chiste, pero se tomó como un "gran avance" para la zona.

Había otros "pincha colas" en el barrio. Don Eduardo de la Fuente, inmigrante gallego, enfermero del Hospital Maciel.

"Chichita del herrero" también enfermera; hacían sus recorridos a pie, por lo tanto en un radio muy restringido, pero también había quienes iban a su casa en Calle "B" a inyectarse.

Ya más cercano en el tiempo, "Pocholo" Scasso, lo podemos definir como un clásico. Dependiente de la farmacia "Casabó", recorría con su motoneta "Vespa" toda la zona aplicando inyectables y tomando la presión arterial. Cuando apareció el problema de las alergias a la penicilina, esos pacientes, él me los derivaba.

El mismo "Cacho", también aplicaba inyectables, pero no era lo que más le gustaba.

Hasta aquí intenté transmitirles una idea de cómo era esa asistencia de practicante y enfermería por estos lares, en aquellos tiempos. Ahora veremos cómo trabajaba un médico recién iniciado y con la característica de ser nativo del lugar.

Hasta donde tengo información he sido el primer médico que pasó por la escuela 150 y luego ejerció en el mismo barrio. Por supuesto que mi querida hermana me antecedió, pero emigró y trabajó por otros lugares.

Si bien el practicante tenía sus peculiaridades, no le iban en zaga las del desempeño de un nuevo galeno. Hablé de apoyos y agradecimientos. Ahora en total justicia, tengo que agradecer a quien casi como con el alma me alquiló el local que a la postre fue mi consultorio. Poco hacía que el Banco Regional había cerrado y por ende dejado libre su local. Yo sabía que don Domingo Torres, era el dueño. Un día lo veo sentado junto con don Casiano Lozada, en el murito que separaba sus viviendas. Me animo y se instala el siguiente diálogo: "¿Don Domingo, alquila el local?" "¿Es para vos?" "Sí" "Sí, te lo alquilo" A partir de ese momento fui inquilino de esa familia durante treinta y ocho años, sin más documento que la palabra. A partir de abril de 1976 comenzaron las consultas lunes, miércoles, y viernes a la hora 17. Rápidamente se fueron prolongando cada vez más en el tiempo, terminando naturalmente pasada la medianoche, a la una o dos de la mañana. Por orden de llegada se atendía a todo quien lo solicitara. En el transcurso de la misma, al abrir la puerta del consultorio no faltaba quien decía: "Voy a cenar y vuelvo", u otro que decía "Cuando termines andá por casa que tengo a la vieja jodida" La respuesta era siempre la misma: Sí. Pero sumando consultas pendientes más nuevos llamados, las visitas nocturnas llegaban a veces hasta el amanecer. Lo más interesante de todo ésto, es que nadie se quejaba por las demoras; se podía llegar a las tres o a las cuatro de la mañana siendo el médico recibido con muy buena cara, y todavía agradeciéndole la concurrencia, le ofrecían café o caldo. Y así era. Muchas veces el auto se paraba al borde del camino buscando instantes de sueño reparador. No faltaba quien golpeaba los vidrios por si precisaba algo. "Estoy bien gracias" "Ahh…, bueno, chau" El auto era conocido, pero igual paraban por si "pasaba algo".

La mayoría de los llamados eran particulares. No todos pagaban. Algunos, al terminar la consulta y llegado el momento de retirarme, hacían silencio o miraban para el piso y en esa situación me retiraba, todavía diciendo, "…cualquier problema me avisan"; otros, risueños, te palmeaban la espalda diciendo: "gracias, gracias…" No faltaba el apretón de manos con cara de consternación que decía: "Que Dios te lo pague"; y también el "después paso por allá".

Nada más alejado que un afán mercantilista en lo anteriormente expuesto. Sencillamente lo cuento porque esas cosas pasaban, y si quiero recrear una época no debo omitir esos detalles, que muy ciertos fueron.

Estos casos eran los menos, de todos modos era tan alta la demanda que el retorno económico era más que suficiente. Pero aparte de lo monetario, casi invariablemente en cada domicilio al terminar la consulta te decían: "Abrí la valija" obsequiándote con frutas, verduras, productos de cerdo, conservas, vino, etc. En cada recorrida valija llena, y a veces entre los asientos. Recibía mucho más de lo que podía consumir. Aquel tipo de paciente disfrutaba agradeciendo y dando. Aparte del natural cumplido, nunca rechacé esas regalías en recuerdo a que siendo niño, mi madre preparaba igual ofrenda para cuando viniera el médico. En el porche de mi casa, era frecuente la aparición de similares atenciones sin indicación de remitente. ¿Sería de algunos de los que dijeron: "después paso por allá?

Sobre la puerta de mi consultorio lucía un cartel luminoso que decía: "Servicio nocturno" con dos números telefónicos que funcionaba como lo que después fueron las emergencias móviles.

Algunos familiares de pacientes se ofrecían para llevar y traer al médico, oferta en general no aceptada, porque ello bloqueaba la capacidad de desplazamiento del galeno. Lo que sí se hacía, era desde cada casa que tenía teléfono llamar y preguntar si había nuevas solicitudes. (Obvio no había celulares).

En esas condiciones no se iba a pedir trabajo a las mutualistas. Ellas venían al barrio, preguntaban en "lo de Cacho", y desde allí venían a la casa del médico a preguntarle si por favor no quería atender algunos pacientes que vivían por la zona. (Recordar que Paso de la Arena y el oeste era considerado rural, y el mutualismo no cubría esas áreas). Al aceptar la oferta, la mutualista se embanderaba con que tenía servicio y con ello mantenía y/o captaba nuevos afiliados. Recuerdo una que en tres meses con la oferta de ese nuevo médico, afilió 800 socios. Desde Carlos María Ramírez al oeste, en ese entonces, solamente existía una policlínica de una mutualista llamada C.A.M., ubicada en Luis Batlle Berres esq. Manuel Francisco Artigas. Posteriormente se dio la llegada de varias instituciones; unas quedaron, otras no, pero esa es otra historia que hoy no será abordada.

Otra característica de aquella atención es que el médico era polifuncional. No existía la posibilidad de pase para aquí o pase para allá. Lo normal era hacer de todo, como médico de campaña. Había que ser pediatra, cirujano, otorrino, ginecólogo, dermatólogo, etc., con mayor o menor suerte (para los pacientes). El hecho es que era normal atender partos, extraer cuerpos extraños de las fosas nasales y de los oídos, sobre todo en niños, atender bebés, hacer pequeñas cirugías (suturar heridas), cuerpos extraños en la vista, drenar abscesos, flemones, trombosis hemorroidarias, y lo que fuera. Había que apechugar.

Más de una vez, respondiendo a múltiples golpes apresurados, al abrir la puerta de mi casa entre tres o cuatro personas entran un cadáver; o lo mismo en medio de una consulta, gritos, apuros, y era un auto trayendo un cadáver que depositaban en la camilla bloqueando la atención, que había que continuar en la misma sala de espera.

Como ustedes saben los partos se atendían en domicilio. Tal vez casualidad, pero ahora estoy redactando estas líneas, en lo que fue la casa de la partera del barrio, que hoy, es mi casa. Se llamaba Juanita Luzardo y paradójicamente no tuvo hijos. Su esposo era el señor San Román. Esto lo cuento por la pura coincidencia que la casa de la partera pasó a ser la casa del médico, y además porque la conocí y generó en mí un aprecio que a muchos años de su muerte aún se mantiene. En la década del setenta ella ya no ejercía y algunos partos en domicilio seguían ocurriendo.

No olvido que una madrugada me vienen a buscar por un parto "de nalgas". Cuando llego me encuentro a la parturienta en cama, con sus piernas separadas y entre ellas, ya frío y sin la natural humedad, el cuerpo inmóvil de un bebé, pero con su cabeza dentro del útero de su madre. Tal vez uno de los casos más desagradables de mi vida, fue la maniobra de extracción de aquella cabecita inerte del cuerpo de su progenitora. Afuera en el silencio de la madrugada, sólo el ladrido de algún perro, adentro bajo una luz mortecina, viviendo el drama de la vida y la muerte, la madre, el padre y yo. Silencio. Nadie hablaba. Tampoco nos mirábamos. Envolvimos el feto y sin esperar a que expulsara la placenta los llevé al hospital. Cosas que pasan y que no se olvidan.

Como se imaginarán anécdotas sobran, pero sólo les voy a contar una que sucedió aquí en nuestro oeste, pero que podría haber sucedido en cualquier parte pues sólo traduce algunos aspectos del alma humana.

Era muy común que las personas mayores próximas a fallecer se dejaran en el domicilio y allí, con la atención familiar, se esperaba el inevitable desenlace. En vísperas de esta situación me piden que concurra para acompañar el momento. La paciente en su cama con ojos cerrados, respirando muy pausadamente, con un ritmo cardíaco caótico, y ya sin presión arterial. En determinado momento su corazón se detiene pero sigue respirando. Yo, sentado a su izquierda con su mano entre las mías, a su derecha de pie, sus cuatro hijos (dos varones y dos mujeres) en silencio. En ese momento levanto la vista, los miro y hago un gesto como que, "ya está". Una hija solloza, la otra habla y dice: "sí, ahora vienes a llorar, cuando te precisó no estabas y..." La interrumpe uno de los hermanos y dice: "Y vos que hablás, que nunca hiciste nada y te quedaste con…"

En ese instante, de la madre ya muerta, y por un último estímulo del centro respiratorio, surge un profundo suspiro como si fuera a despertar.

No olvidamos el silencio sepulcral que invadió la habitación y la actitud de congoja de aquellos cuatro hijos que antes del último suspiro de su madre ya estaban peleando por lo que cada uno había hecho o dejado de hacer. En el cementerio los cuatro hijos, como uno solo, acompañaron a su señora madre hasta su última morada. En realidad, nada nuevo bajo el sol.

Hemos hecho un repaso de lo habitualmente aceptado sobre la asistencia médica en la década del setenta. Sumamos algunas experiencias personales, y alguna anécdota. Además, hemos intentado cumplir con nuestro compromiso. Usted tiene la palabra, querido lector.

Rómulo Guerrini