En nuestro Rescate de la Memoria les traemos historias, recuerdos, vivencias de décadas pasadas que tratan de ilustrar la obra del tiempo.

Se recrea una época y, en la inevitable comparación con el hoy, surge el contraste que nos concientiza que el reloj ha seguido girando. En ese marco hemos presentado algunas historias de familias de inmigrantes que, con diferentes matices, en general todas ellas comienzan relatando la aventura de un joven del viejo continente, que en el siglo pasado, o antes todavía, decide tentar suerte en América y más precisamente en el Río de la Plata. Ya en nuestras tierras, en general ayudado por personas que le precedieron, trabaja y trabaja, construyendo poco a poco su vivienda y su familia, logrando en el ocaso de su vida cumplir el sueño de su juventud.

Hoy la historia sería similar salvo por un detalle que marcó la diferencia, y es que nuestro protagonista, luego de su inicial viaje a "la América" se vuelve a la madre patria. ¿Es que se arrepintió? ¿Es que lo trataron mal? ¿Es que extrañaba a familiares y terruño? No. Nada de eso. Es que su patria había entrado en guerra (1914) y este muchacho sintió el clamor de su madre tierra y regresó a defenderla.

Decía Gardel: "Y al grito de guerra los hombres se matan cubriendo de sangre los campos de Francia" Nada más cierto. Desde siempre el hombre guerreó y mató en nombre de la paz y la justicia (Las propias, naturalmente. Siempre fue y es así)

Perfectamente podía quedarse aquí, en nuestro Rincón del Cerro labrando los nuevos surcos y vigilando sus animales. Pero en el pecho de aquel muchacho, inflamado de patriotismo, bullía el llamado de la tierra que le vio nacer, mancillada ahora por el pie del extranjero. A los dieciocho años, deja la paz y la seguridad que gozaba en nuestro oeste montevideano, para ir a vivir los horrores de la guerra en el firme convencimiento de defender su patria nativa.

Contra la opinión de sus paisanos: "¡estás loco!", concurre a la embajada de su país (Italia) y se anota para el retorno. En menos de un mes recibe el aviso con la fecha de embarque. Tal vez su exultante patriotismo no le permitió plantearse la posibilidad de la muerte o de la invalidez o, sencillamente, de los sufrimientos a los que se expondría. El hecho era ir. Había que cumplir, y así fue. Llegado a su país le asignaron servir en el frente austríaco (recordar que Italia se enfrentaba al, a ultranza desmembrado, Imperio Austro Húngaro).

No vamos a describir aquí, ahora, todas las atrocidades de las guerras; por más que se lean o se vean en películas sólo las conoce quien las sufrió y vivió para contarlo. A su regreso poco hablaba de ello. Recordemos que era la guerra de trincheras. Hambre, sed, frío, lluvia, barro, pestes y muertes le van dando al ser humano una especie de coraza autodefensiva que ayuda a que nada le asombre y que nada le duela. Sólo trata de vivir un día más, a veces un instante más. Ver destrozados a compañeros con los cuales hace instantes hablaba, beber de hilos de agua teñidos y con gusto a sangre, o beber lo que se depositó en la marca de la huella de una mula (esto contado por el abuelo de nuestro querido amigo Gerardo Falco). Buscar calor en el vientre abierto de caballos muertos, y todo en el más doloroso desamparo, despertando sin saber si se estaba "vivo o muerto". A pesar de la coraza, huellas quedan.

Terminado el conflicto, nuestro vecino se da cuenta que es nuevamente pobre (no tiene nada) y, por otra parte, también se da cuenta que es inmensamente rico (¡está vivo, tiene una vida!). Y es con esa vida que decide volver al sitio elegido para seguir construyendo el sueño dorado en la tierra prometida.

Todo lo vivido entre sus diez y ocho y veinte y cinco años, llevó a que este muchacho que además perdió allí a sus dos hermanos varones, que se transformara en un prócer de la paz y del trabajo, sobre todo del trabajo entre las plantas, cuidándolas, amándolas, sean frutales, hortalizas o para forraje, porque veía él en cada brote, en cada flor, en cada fruto el nacimiento de nueva vida como si con ello quisiera borrar o compensar toda la muerte que vio y no pudo evitar.

Pero ese hombre que llegó a la ancianidad tuvo, después de aquella gesta, un plus que le acompañó hasta el último suspiro y aún después, pues trascendió en el orgullo de sus hijos. Que tal como nos cuenta: "¡Él cumplió, ese fue nuestro padre!"

Así transcurrió la vida de don Alfonso Ernesto Becchino Moraglio. Desde 1920 vivió entre nosotros, fue uno más entre muchos. Repetía en nuestra tierra la historia del inmigrante que construyó su familia, siendo su obra ejemplo de honestidad y trabajo. Hoy todo ha pasado, quedan sus descendientes atesorando lo más valioso que un ser humano puede dejar: el amor por su tierra y por ellos.

Algunos datos:

Nació el 11 junio 1895 en la región del Piamonte, en la montaña. A los trece años queda huérfano y pide venirse para América. A los diez y ocho vuelve a Europa regresando definitivamente a los veinte y cinco, con algún dinero que le permitió instalarse con un almacén y despacho de bebidas en Montevideo en la zona del hipódromo. Un parroquiano molestó a su mamá, por lo cual se pelea con él y al final vende ese comercio.

Compra una fracción en Cno. Sosa con un ranchito, a la cual le fue agregando pozo, aljibe, galpón, vivienda, etc., llegando a tener una granja que le permitió vivir cómodamente, además de armar una familia.

Fallece en 1977 rodeado del amor y cariño que toda su vida había prodigado.

Queridos amigos: Por aquí vamos terminando esta nota. Naturalmente que la podríamos hacer más extensa contando cómo fue, cómo vino, cómo fue agrandando la propiedad, etc., etc. Pero por aquí nos detenemos porque sentimos que esos detalles no agregan a la esencia de la cosa.

Lo que quisimos destacar, y esa es la diferencia, es ese profundo sentimiento del deber, esa necesidad de ir a cumplir, sin ningún tipo de garantía de salir con vida. Muchos inmigrantes fueron los que generaron nuestra identidad granjera del oeste, inclusive mi propia familia tiene similar historia. Pero: ¿Cuántos volvieron a pelear una guerra? Sin duda que los hubo porque no viajó solo en aquél barco; pero sabemos que fueron muy pocos.

Vaya con este humilde recuerdo el homenaje de quienes reconocen en él un hombre como debe ser, un HOMBRE con mayúscula.

Hasta la próxima, queridos lectores.

Rómulo Guerrini.