Jaime Bayly - Mis e mails




     Mucha gente me escribe e mails. Pocos son los afortunados que reciben una
     respuesta. Me encantaría contestarles a todos, pero el tiempo no me lo
     permite y mi orgullo tampoco. Leer tantos e mails me ha dejado una
     melancólica conclusión: el papanatismo es universal y no parece estar en
     vías de extinción.
     Me encanta la gente noble y despistada que suele escribirme algo así como:
     "Jaimito, mándame un saludo en tu programa, y si puedes saluda también a
     mi tía abuela Rudecinda, que está recuperándose de una severa hemorroides
     en el hospital". Esa gente me escribe porque quiere sus quince segundos de
     fama y cree que soy yo quien graciosamente puede procurárselos. Nunca
     contesto a esas personas pedigüeñas. No lo merecen. Por supuesto, tampoco
     les mando saludos en la televisión. Si lo hiciera, me pasaría medio
     programa nombrando a una importante cantidad de cacasenos y pánfilas,
     ansiosos todos de oir su nombre en televisión, lo que, sospecho, no sería
     demasiado entretenido para nadie, con excepción de ellos mismos. A veces
     me provoca contestar: "Querida señora: si quiere que digan su nombre en la
     tele, piérdase tres días a ver si la nombran al final del noticiero en la
     relación de personas desaparecidas. ¡Suerte!".
     También me entretienen mucho los amables escribidores de e mails que,
     luego de halagarme con frases más o menos azucaradas, me piden que les
     diga dónde pueden conseguir mis libros o, ya con más confianza, que les
     mande de regalo un libro autografiado. Rara vez me precipito al correo a
     complacer los deseos de esos extraviados ciudadanos del mundo. Pero me
     quedo siempre un poco triste y pensativo, porque ¿cómo diablos podría
     saber dónde puede usted, señor Hiraoka, conseguir mi penúltima novela en
     la localidad de Fukushima, al norte de Tokio? ¿Cómo diantres, querido
     compratiota Almendro Huamaní, podría decirle dónde conseguir mis libros en
     el puerto seguramente hospitalario de Brisbane, Australia? La respuesta
     más eficaz suele ser: "Consulte en internet". Pero no me escapo tan
     fácilmente de los que me piden mi libro regalado. ¿Qué contestarles? ¿Cómo
     decirles la cruda verdad sin defraudarlos? Al final me refugio
     cobardemente en el silencio, y si algunos fastidiosos insisten, reclamando
     su librito firmado con mucho cariño, le echo la culpa al correo,
     asegurándoles que el obsequio fue enviado y ya debe de estar por llegar.
     Pero quisiera tener coraje para escribir: "Amigo: si quiere un regalo,
     pídaselo a papá Noel, que acá en casa estamos ajustados". ¡La gente ya se
     pasa de fresca!
     No faltan los aspirantes a escritores, jóvenes promesas de la lengua de
     Cervantes, que me envían sus más recientes creaciones con la plausible
     esperanza de que yo las lea, les diga mi opinión y los ayude a
     publicarlas. Recibo poemas, cuentos, novelas y hasta ensayos: me conmueve
     que tanta gente joven sea consumida por el fuego sagrado de la literatura,
     que tantos chicos y chicas me manden escritos inéditos y piensen que yo
     podría apadrinar sus carreras literarias. Generalmente esos e mails
     comienzan así: "Hestimado Jayme: Quiero ser un hescritor y tú me puedez
     ayudar". Podría entonces dejar de leer, pero, por respeto a mi público,
     leo siempre hasta al final esa cuantiosa producción de bazofias, adefesios
     y chapucerías que la gente tiene a bien enviarme por internet. Luego me
     pregunto qué responder, cómo decir la verdad sin herir a nadie. Una
     fórmula que me parece apropiada suele ser la siguiente: "Se ve que tienes
     talento, pero quizás deberías darle una última corrección para suprimir
     algún ripiecillo menor. Por lo demás, te aconsejo que no abandones tu
     trabajo, porque los libros dejan poca plata. ¡Sigue escribiendo! ¡No
     desmayes!".
     Nadie está libre de recibir insultos y yo no soy la excepción: puedo dar
     fe de que me insultan casi a diario en mis correos electrónicos. Recibo e
     mails procaces, vulgares, coprolálicos o simplemente amenazadores. Esas
     personas, que suelen tener la gentileza de dedicarme un segundito de su
     tiempo para insultarme, no se toman el trabajo de dar sus nombres, y uno
     comprende que sean tan celosas de su privacidad. Nunca llega un insulto
     con nombre y apellido: todos se amparan en la vasta sombra de los
     seudónimos. Yo leo los insultos con curiosidad y espíritu de superación, y
     generalmente me hacen reír. No sé por qué, las groserías y cochinadas las
     contesto todas, sin excepción. Mi respuesta suele ser: "Gracias por
     escribirme con cariño. Me alegra que me veas con simpatía. Todo lo mejor
     para ti".
     También me intriga la gente que me manda e mails preguntándome por ciertos
     asuntos de mi vida personal. Me preguntan si estoy casado, si tengo hijas,
     si es verdad que hago trescientos abdominales diarios, dónde vivo, cuál es
     mi signo del zodíaco, cuántas veces a la semana me gusta hacer el amor, de
     qué color son mis calzoncillos; pero lo que más me preguntan es si soy gay
     o bisexual. Hace poco me llegó un e mail de un chileno que me decía:
     "Somos tres estudiantes de Temuco. Hemos hecho una apuesta. Yo digo que
     eres gay, mi amigo Lucas dice que eres heterosexual y mi amiga la
     Marcelita dice que eres bisexual. ¿Quién gana la apuesta?". Sinceramente
     me conmovió sentir tanto cariño de los muchachos de Temuco. Me hubiera
     gustado confundirme en un efusivo abrazo con esos tres amigos chilenos.
     Apenas alcancé a contestarles: "Estoy de acuerdo con ustedes: Pinochet
     debe ser juzgado". (El asunto de los calzoncillos no es broma. Un e mail
     me preguntaba a quemarropa: "¿Boxers o slips?". Respondí: "Suspensores".
     La verdad ante todo: uno se debe a su público).
     Son muy frecuentes los e mails que podrían clasificarse bajo el nombre de
     desconfiados, incrédulos o simplemente enfermos. Esas personas, tan pronto
     como reciben mi respuesta, me advierten: "No te creo. No eres tú. ¿Cómo sé
     que eres tú? Seguro que es una secretaria que escribe por ti". Comenzamos
     entonces un largo y penoso proceso de intercambio de información. Les doy
     mi fecha de nacimiento, mi talla del zapato (las chicas suelen preguntar),
     mi número de pasaporte, mi apellido materno, el nombre de mi mejor amigo
     del colegio, el de la chica que invité a mi fiesta de promoción, pero
     estas personas, víctimas sin duda de algún desequilibro sicológico u
     hormonal, insisten: "No eres tú. No te creo. Es tu secretaria". Yo les
     ruego que me crean, les aseguro que soy yo, les ofrezco enviarles una
     carta escrita a mano para que algún experto en caligrafía determine que
     ese manuscrito me pertenece sin duda, pero esa gente enferma no me cree ni
     me creerá nunca. Entonces me rindo. Cuando quiero que desaparezcan y dejen
     de torturarme, escribo: "Tenías razón. No soy Jaime. Soy Amparito, su
     secretaria. Mil disculpas". Casi nunca vuelven a escribir, aunque algunos
     insultan a Amparito y otros tratan de seducirla.
     Pero los peores e mails son los que llegan con una foto adjunta y una
     encendida declaración de amor. La manera más rápida de cortarles la pasión
     es responder: "Gracias por enviarme tu huella digital".